El secreto de Dougie

Capítulo 12 – El secreto de Dougie (Dougie’s Secret)

Dougie: La verdad, he descubierto, siempre es mejor que las mentiras. Pero ¿cómo puedes ser honesto con otras personas, cuando ni siquiera estás siendo honesto contigo mismo?

Somos una banda que se cuenta prácticamente todo. Aunque hay algunas cosas que no puedes contarles ni a tus amigos más cercanos. Quizá te sientes avergonzado de decirles la verdad. Quizá te preocupa que te hagan dejar de hacer lo que estás haciendo. Quizá simplemente no sabes qué decir. Por varios años yo tuve un secreto así. Y cómo cualquier otra persona que tiene el mismo secreto, no creí que fuera un problema. Pensaba exactamente lo opuesto: pensé que era uno de los mejores momentos de mi vida. Estaba equivocado.

Cuando tenía 17 años, empezó a gustarme mucho el alcohol. El vino rojo era lo mío – de algún modo se sentía un poco más sofisticado. Danny y yo íbamos al supermercado y pretendíamos saber de qué hablábamos mientras escogíamos nuestro vino. Supongo que al pretender que era elegante, podía ignorar el hecho de que lentamente estaba dependiendo del alcohol.

El vino rojo no era mi único vicio. Cada vez más seguido regresaba a la casa después de un concierto, y después de un par de cervezas, tomaba vodka hasta que todo empezaba a girar. Sólo entonces me iba a la cama. Despertaba con resaca, y al principio era un milagro que pudiera pasar el día sin vomitar. Aunque gradualmente, mi sistema se hizo más y más tolerante a estas resacas. Me acostumbré a pasar la primera mitad del día sintiéndome como mierda, y descubrí que tenía talento para superarlo. Una vez que me di cuenta que podía hacer eso, realmente empecé a tomarle el gusto.

Para cuando tenía 18 años, mi confianza innata había crecido gracias a todas las cosas que había experimentado con McFly. Esa confianza se manifestó en varias formas, una de ellas fue tener los suficientes cojones1 para preguntar a otras personas qué otras sustancias podrían estar disponibles. Estaba súper paranoico al pensar que alguien podría descubrirlo, por supuesto. Estando en el ojo público, la prensa se habría deleitado. Pero peor que eso, sabía cuán decepcionados estarían mis compañeros de banda si lo descubrían.

Mis cumpleaños 18, 19 y 20 pasaron. No entiendas mal, me la pasaba genial; al menos pensé que así era. Solo un pequeño grupo de personas sabían lo que estaba haciendo. Era cuidadoso. Nunca salía a clubes en la noche a lugares donde pudieran fotografiarme los paparazzis. Mis cosas eran mías. De ese modo, podía seguir sin que nadie sospechara.

Aunque poco a poco, algo empezó a pasar.

Me dije a mí mismo que me encantaba este tipo de vida, pero no estaba siendo honesto. Había empezado a sentirme – y este es el único modo en que puedo describirlo – incómodo en mi propia piel. Era un desastre de nervios. Me di cuenta que realmente no estaba disfrutando lo que hacía, pero no parecía poder detenerme, y me odié por eso. Tomaba decisiones rápidas: dejaría de usar drogas. Nunca más lo haría. Por supuesto, seguía bebiendo, y a veces lograba pasar un mes sin tocar algo más que el alcohol. Aunque la psicología del adicto siempre me puede. De seguro un mes de buen comportamiento merecía una pequeña recompensa – era una lógica revertida, pero me arrastraba. Me permitía un jalón, pero ese jalón siempre continuaba con el del siguiente día, y el siguiente, y el siguiente… Y cada que tocaba fondo, el fondo era aún más bajo.

Las mañanas eran lo peor. Los bajos. Ese sentimiento de estar incómodo en mi propia piel se hizo más intenso. Necesitaba un pequeño trago solo para soportarlo. Para hacerme seguir. Y conforme pasó el tiempo, ese pequeño trago fue insuficiente. Necesitaba algo más en el momento en que abría los ojos, sólo para enfrentar el día. Me encontraba acostado en la cama, demasiado cansado pero con los ojos abiertos porque tenía miedo de cerrarlos y no despertar de nuevo. Sentía que quería quitarme la piel y salir de mi cuerpo, como si ese fuera el único modo de deshacerme de este horrible sentimiento. Pero por supuesto, eso no era posible, y lo único que me aligeraba el sentimiento, por un rato, eran más drogas. Era una caída en espiral, y sólo empeoraba.

Me odiaba, pero no podía detenerme. Empecé a ser descuidado. No es muy difícil cubrir tu rastro, pero Harry dedujo que algo pasaba. Me llevó a un lado y me confrontó con su sospecha. Confesé. A medias. “Si, he estado probando un poco de esto y aquello. Ya sabes, de vez en cuando. No es gran cosa…”

Pero Harry no es estúpido, y creo que pude darme cuenta en ese momento que no me creía. Sabía que no tenía restricciones. Pero lo hice jurar guardar el secreto y mantuvo su palabra. Mi secreto estaba a salvo.

Harry: Sabía que yo era la única persona en la que Dougie confiaría. A Tom le hubiera costado trabajo aceptarlo; Danny podría haberse enojado. Me parecía que Dougie pasaba por una etapa de rebeldía. Pasaría, pero mientras tanto era mucho más importante que a tuviera alguien con quien pudiera hablar, que obligarlo a ir a rehabilitación cuando aún no estaba preparado para entrar.

Eso no significa que no me haya preocupado. Nos emborrachábamos juntos mucho – más que con los otros – pero la forma de beber de Dougie siempre era más urgente. No se trataba sobre pasarla bien; se trataba de emborracharse tanto como fuera posible. Para la mayoría de la gente solo es un pasatiempo. Para Dougie, se había convertido en una necesidad. El dilema era intenso. ¿Estaba siendo un buen amigo al no decir nada? ¿Sería un mal amigo si revelaba su secreto? Para bien o para mal, decidí que era más importante que Dougie confiara en mí. De ese modo, si algo iba muy mal, vendría directo a mí. ¿Cierto?

Dougie: No dudo que si Harry se hubiera entrometido en el momento equivocado, me hubiera involucrado aún más. Pero así, libre para hacer lo que quisiera, la trayectoria de caída con mis adicciones continuó.

Existe la paranoia, y después hay paranoia. Me convencí de que alguien me espiaba. Si miraba por la ventana en la noche y veía una luz, pensaba que era una cámara. Pasaba horas recorriendo mi departamento, revisando las ventanas, corriendo al final del jardín a revisar si alguien me estaba viendo. Era un infierno. Podía pasar el día, pero solo si sabía que habría una fiesta al final – aunque fuera sólo ir a un bar donde pudiera emborracharme.

Terminar casi muerto se convirtió en algo diario, incluso cuando estábamos trabajando. Si teníamos un concierto, dormía en el autobús hasta la prueba de sonido, y mi desayuno era la cena de todos los demás. Más de una vez, recuerdo estar acostado en el camerino pensando que no había forma en que pudiera pararme, mucho menos tocar un instrumento frente a decenas de miles de personas. La culpa era insoportable: los chicos en la banda habían trabajado tanto para dar un buen concierto, tanta gente había gastado tanto dinero para vernos, y la noche anterior había consumido tanto que ni siquiera me creía capaz de poder pararme en el escenario. Constantemente sentía que decepcionaba a esos fans, saliendo en ese estado a tocar. La culpa me llevó al odio. Amaba todo en el mundo excepto a una persona, a la que despreciaba: a mí.

Harry: Pero lo escondió tan bien. Espantosamente bien. Denle un Oscar.

Dougie: Tenía casi 21 años cuando me encontré en una nueva relación. Su nombre era Frankie Standford. Sabía quién era por su banda, S Club Juniors. Ahora cantaba en una nueva banda, The Saturdays, y nos encontramos en la misma cuenta en G-A-Y en el Astoria. Estaba tan perdido en esa época que no recuerdo cómo empezamos a salir. En su momento, nuestra relación se convertiría en una de las más documentadas, y no quiero decir más que éramos personas muy diferentes y no encajábamos. Los dos teníamos muchos problemas, y nunca iba a funcionar. Frankie odiaba cuando estaba perdido, pero no tenía idea de que jugaba con otras cosas aparte del alcohol. Las cosas que tomaba me relajaban y me daban tanto sueño que solo necesitaba un par de tragos para desmayarme. Y cuando me desmayaba, no me podía sentir como una mierda. U odiarme.

Incluso esas personas que sabían sobre mi uso de drogas no sabían la extensión del problema. Les mentí sobre cuánto consumía, y mientras más lo hacía, más me creía la mentira que decía.

Antes de que me diera cuenta, Frankie y yo llevábamos juntos un par de años, y me las arreglé para que ella no supiera sobre mi abuso de sustancias. Aunque por unos cinco o seis meses, las cosas entre nosotros no habían estado muy bien. Frankie estaba fuera cada noche en lo suyo; yo estaba en casa bebiendo tres o cuatro botellas de vino y tomando drogas. Era una combinación tóxica. Bebía y tomaba drogas del mismo modo en que algunas personas fuman cigarros. Ya no lo disfrutaba. Simplemente era lo que hacía.

Frankie y yo terminamos en el otoño de 2010. Las columnas de chismes estaban llenos de expertos asegurando que sabían todo sobre nuestra relación, y ¿quién era yo para arruinarles la dicha? Lo único que tengo que decir es esto: Frankie tenía sus problemas, yo tenía los míos. Y después de que terminamos, las cosas se pusieron mucho peores.

¿Conoces ese sentimiento de libertad cuando terminas una relación? Fue peligroso para mí. Ahora que ya no tenía que esconder nada de nadie podía abusar de mi cuerpo de cualquier modo que quisiera. Vi el dolor de la ruptura como una excusa – ahora tenía una razón para arruinarme tanto como quisiera. Tomaba un par de tragos en cuanto despertaba, sólo para soportar las consecuencias de los excesos de la noche anterior. Y aunque me decía cada día que no iba a tocar nada más que el alcohol, llegaba a un punto de embriaguez en el que mi fuerza de voluntad se destrozaba.

Pasaron los meses. Ni una sola vez dormí en mi cama. Simplemente colapsaba en el sillón, o en el piso, o en las casas de otras personas. Olvidé cómo se sentía estar sobrio.

Harry: En Noviembre de 2010 dejé de beber completamente. Mi nueva sobriedad se volvió una parte muy importante en mi vida, algo que de lo que estaba, y estoy inmensamente orgulloso. Pero como Dougie estaba por descubrir, a algunas personas les cuesta más trabajo mantenerse sanos.

Dougie: Era Febrero de 2011. Estaba sentado en el suelo de la cocina. Era el punto más bajo en el que había estado. Sentía que no podía soportarlo más. Nadie entendería por lo que estaba pasando. ¿Por qué lo harían? ¿Por qué deberían hacerlo? Estaba en un desastre que yo mismo había provocado, y no había forma de escapar. Había intentado y fallado tantas veces al dejar mis malos hábitos. No entendía por qué no podía ir al bar y tomar sólo uno o dos tragos como Danny y Tom. Incluso Harry, mi compañero de bebidas, había tomado la decisión de dejar el alcohol por completo. ¿Qué había de diferente en ? ¿Por qué yo era mucho peor que los demás?

¿Cómo podía detenerlo?

Y mientras estaba sentado en el piso de la cocina, la respuesta vino a mí. Era tan increíblemente obvio que no podía entender por qué no se me había ocurrido antes.

Mi vida se había convertido en un despiadado infierno, así que la única solución era terminarla.

Seguí sentado allí. Mientras estaba sentado intenté decidir el mejor modo de matarme. Sabía que con la sangre no tenía posibilidades – me desmayo al verla – así que nunca sería capaz de cortarme las venas. No tenía idea de cómo colgarme, y no tenía suficientes prescripciones médicas para sobre-dosificarme. (Además, había escuchado historias terroríficas en las que la gente que había tratado de sobre-dosificarse despertaban paralizados en vez de morir.) Y entonces recordé: había visto algo en televisión sobre conectar una manguera al escape de tu coche y meter el otro lado al coche por una ventana parcialmente abierta. El monóxido de carbono te haría dormir, para siempre. Tenía una manguera y tenía un coche. Lo que significaba que tenía una ruta de escape.

No recuerdo sentirme deprimido por mi decisión, o nervioso, o culpable. Sólo recuerdo una abrumadora sensación de alivio al saber que no tendría que despertar la siguiente mañana sintiéndome así. De pronto estaba en control de un aspecto en mi vida. Puede que no pudiera evitar tomar drogas, pero al menos podía hacer algo para detener el infierno que vivía. La idea me puso más contento de lo que había estado en años. Me hizo feliz.

Eran las 5 a.m. y no había ruido afuera cuando llegué tropezando al jardín y encontré la manguera. La llevé a mi coche – un Audi Q7 – que estaba en la calle, y puse un extremo de la manguera en el escape del coche. Llevé el otro extremo alrededor del carro y lo metí por un pequeño espacio en la parte superior de la ventana del conductor. Me senté tras el volante y encendí el coche.

Aún hoy no sé por qué sigo aquí. Podía oler los gases del escape y los inhalé profundamente. Pero el Q7 es un coche grande con un gran escape. Quizá la mayoría de los gases se escapaban en vez de meterse en la manguera. Quizá, de alguna manera, lo hice mal. Me senté ahí por 20 minutos, esperando quedarme dormido. Pero eso no sucedió.

Se me empezaba a pasar el efecto del alcohol. Apagué el coche y salí tropezando, sintiéndome aún peor que antes. No podía dejar mis adicciones. Ahora ni siquiera podía matarme. Había intentado y fallado – como con todo lo demás en mi vida.

Eso fue mi nadir. Mi punto más bajo. Cuando me di cuenta de lo que había intentado hacer, y entendí que la idea de hacerlo no había provocado ni un poco de arrepentimiento en mi podrido cerebro, supe, en algún rincón de mi mente, que necesitaba encontrar otro modo de ayuda.

Tenemos un doctor que ha cuidado de la salud de la banda desde el primer día. Fui a verlo, y le dije todo. Evité confesar mi intento de suicidio porque tenía miedo de que me seccionara. Me refirió con un consejero.

Llegué a la oficina del consejero a la una de la tarde, completamente perdido. Había estado bebiendo whisky, y recuerdo caminar por la clínica chocando con las paredes. Estaba esperando que el consejero me diera algún tipo de antidepresivo, pero me vio una vez y tomó una decisión: me iba a enviar a rehabilitación. Sin rodeos. Me admitirían en dos días.

¿Cómo le dices a tus mejores amigos que les has estado mintiendo por los últimos cuatro años? ¿Cómo encuentras las palabras? El siguiente día – San Valentín de 2011 – teníamos que hacer algunas entrevistas en la oficina de nuestros managers en Londres. Iba a tener que explicarles porque estaba a punto de desaparecer del mapa, quién sabe por cuánto tiempo.

Le dije primero a Harry. Él sabía que estaba pasando por algo, y aunque estaba sorprendido de que hubiera llegado tan lejos, no era algo totalmente nuevo.

Harry: Fue muy directo cuando me lo dijo, obviamente aterrorizado de la prueba que estaba a la vuelta de la esquina. Traté de reconfortarlo. De calmarlo. Pero detrás de esa máscara no podía creer cuán serias eran las cosas. Este no era un modo de llamar la atención. Esto era real.

Dougie: Tom, cuando le dije, se quedó sorprendido en silencio. Sabía que no todo estaba bien, pero no tenía idea de la magnitud de mis problemas. Una vez que se hizo a la idea, estaba lleno de preguntas. Recordó los momentos en los que pensó que yo actuaba extraño. ¿Eso estaba relacionado con esto?

Sí. Y más.

Cuando le dije a Danny, me le quedé viendo muy seriamente de nuevo. Claramente, él no sabía qué decir. Evité decirles a todos de mi intento de suicidio, pero mientras me senté frente a mis tres mejores amigos y admití que tenía un gran – gran – problema, sentí que me quitaba un peso de encima. Puedo ver que había dado el primer paso en la recuperación. Pero aún faltaba un gran camino.

Harry: Siendo San Valentín, había reservado una mesa en Londres para cenar con Izzy. De camino al lugar hablamos sobre lo preocupados que estábamos. Nos dimos cuenta que Dougie estaría solo esa noche.

San Valentín.

La noche anterior a la que entraría a rehabilitación.

Era una receta para el desastre.

Decidimos que podíamos renunciar a nuestra velada romántica, cancelamos nuestra reservación y nos dirigimos a la casa de Dougie.

En el camino llamé a Dougie. “¿Qué vas a hacer esta noche amigo?”

En voz muy baja. “Nada.”

Traté de sonar normal. “Bueno, Izzy y yo vamos a tu casa, ¿quizá podríamos pasar el rato contigo?”

“De acuerdo. Genial” Típico de Dougie, pareció no darse cuenta de que quizá teníamos otros planes.

Tan pronto llegamos a la casa de Dougie, lo llevé a parte. “Amigo, es tu última noche antes de entrar a rehabilitación. Voy a estar contigo, pero quizá es mejor que no bebas nada ¿de acuerdo?”

Demasiado tarde. Había una botella de Jack Daniel’s medio vacía.

Los tres nos sentamos a comer una romántica cena que ordenamos a domicilio. La noche tomó su rumbo. A la 1 a.m. llamé a Tom, ya que vivía en la siguiente casa. Le expliqué que nos íbamos y que quizá debería revisar a Dougie cuando nos fuéramos. Luego volví a llevar a parte a Dougie. “Escucha Doug – tomaste unos tragos, pero no consumas nada más ¿de acuerdo?”

La sonrisa regresó. Sus ojos brillaron. “Demasiado tarde, amigo,” susurró. “Demasiado tarde.”

Dougie: Los recuerdos de Harry de esa noche son mucho mejores que los míos. Lo único que sé es que Tom vino, y pasó un tiempo tratando de convencerme de que todo estaría bien en rehabilitación, enseñándome fotos en su laptop de la institución a la que iría en la mañana. La sola mención de eso me convertía en un desastre nervioso y tembloroso. Personalmente, no recuerdo un solo segundo de esa conversación.

Llegó la mañana. Las cosas parecían un poco mejores. Tom me llevó al Priory en Southgate. Seguía borracho de la noche anterior, y el alcohol en mis venas ayudó a relajarme. La rehabilitación sería buena, me repetía a mí mismo. Algo para refrescarme. Incluso bromeamos un poco. Y cuando me registré, no era nada de lo que había imaginado. En mi mente tenía la imagen de un sanatorio victoriano, con regaderas comunales y ordenanzas de rostro sombrío. Tom, que había estado en el Priory uno o dos meses antes, trató de explicarme cómo era, pero no había podido quitarme de la mente que sería como una prisión. En realidad, era más como un Holiday Inn. Tenía mi propia habitación, no muy lujosa; y aunque había personas revisándome cada hora, nadie me detendría si quisiera irme. Quizá iba a estar bien…

Pero entonces llegó el momento de que Tom se fuera. El momento en el que estaría sólo sin mis compañeros para apoyarme. Y fue hasta que se fue de mi nueva casa que la realidad me inundó: no iba a haber un trago al final de este día.

La sola idea me puso sobrio, e hizo que el pánico iniciara.

De pronto estaba rodeado de doctores haciéndome pruebas, terapeutas haciéndome preguntas. Volví a temblar. Estaba vomitando. Era, sin duda alguna, lo más asustado que jamás he estado.

Empeoró. En mi primera noche, el tipo de la habitación de al lado inundó su habitación. Escuché la conmoción por la pared, y abrí mi puerta para ver qué pasaba. Mi vecino estaba ahí, parado en el pasillo, con una mirada loca. “¿Todo bien amigo?” preguntó con voz molesta. “Gusto en conocerte…” Cerré la puerta de nuevo. Otro tipo que se parecía a Jesús siempre estaba caminando – sólo se detenía cuando iba a dormir. Yo era uno de los más jóvenes ahí – la mayoría de los pacientes tenían treinta años o más.

Mi pánico se incrementó. ¿Qué demonios estaba haciendo aquí? No debería estar aquí, rodeado de estos locos. Yo no era como ellos. Yo no estaba loco.

¿Cierto?

Pronto descubrí que había dos tipos de personas en el Priory: los que estaban en el Programa de Tratamiento de Adicciones (PTA), y los que estaban en la sala general. La sala general era para personas sufriendo de depresión severa y otros problemas de salud mental. El PTA estaba lleno de personas con los mismos problemas que yo, y aunque el PTA era mi grupo, mi habitación estaba más cerca de la sala general.

Me prescribieron Librium. Es como un Valium muy fuerte, que es usado para tratar ansiedad y síntomas de desintoxicación de alcohol. Me habría emborrachado si hubiera habido alcohol, pero no había, y el Librium al menos me relajó lo suficiente para no sufrir mucho por la abstinencia. Te ayuda a desintoxicarte, y reduce la posibilidad de que huyas de la rehabilitación para conseguir la sustancia que fuera que consumías. Y no es que no lo hubiera intentado: empaqué mis cosas tres o cuatro veces, pero siempre hubo alguien que en el último minuto me persuadió para que hiciera lo correcto.

Los celulares estaban prohibidos – se suponía que tenías que entregar el tuyo al llegar – pero me las ingenié para quedarme con el mío. Cada noche durante la primera semana le hablaba a Tom o a Harry, llorando. El Librium podía enmascarar algunos síntomas de la abstinencia, pero la sensación de estar incómodo en mi propia piel había regresado, y ahora no tenía nada para hacer que desapareciera.

Harry: Dougie estaba inconsolable. Era casi imposible entender lo que decía, mucho menos decir algo para hacerlo sentir mejor. Eventualmente juntamos las piezas. Estaba solo en su habitación. No sabía qué estaba pasando. Lo estaban haciendo tomar pastillas que no quería tomar, y haciéndole preguntas que no sabía contestar. Claramente necesitaba compañía, pero las visitas solo estaban permitidas los Domingos y apenas era el principio de su primera semana.

Hablé por teléfono al Priory y de algún modo conseguí que me dejaran verlo. El Librium lo había calmado, pero obviamente estaba resistiendo a duras penas, no era el Dougie que todos conocemos. Fue terrible tener que dejarlo ahí, en esa habitación espartana, medio ido, medio en pánico.

El siguiente Domigno, Tom, Danny y yo fuimos a visitarlo juntos, con un buen amigo de Dougie – un tipo dulce que mostró un increíble talento para decir las cosas equivocadas.

Dougie: Creo que aún no había asimilado que mi única oportunidad de recuperarme era no volver a beber nunca. Cuando mi amigo preguntó cuándo podría salir a tomar una cerveza con él, todo encajó. “Nunca,” dije.

Su cara palideció un poco. “¿Qué? ¿Nunca podrás salir a beber una cerveza otra vez?”

Sacudí la cabeza. Y empecé a tener arcadas de nuevo.

No lo culpo por no entender. Él no era el único. Todos mis amigos bebían, pero podían controlarlo y no entendían la raíz del problema con una adicción: que un trago es demasiado, y cien nunca son suficientes.

Sólo conocía a una persona que también había estado en rehabilitación: Matt Willis de Busted. Fue una gran ayuda. Le llamaba diario y le decía lo que sentía, sobre la tormenta en mi cabeza y cuán difícil me resultaba la desintoxicación. Era un alivio hablar con alguien que sabía por lo que estaba pasando; el sólo saber que alguien había experimentado lo mismo que yo y había logrado superarlo me dio el coraje que necesitaba para hacerlo.

Gradualmente, algo cambió en mi cabeza. Ahora quería estar limpio por años, y esta era mi única oportunidad. Si fallaba, sabía que nunca regresaría aquí. Y me debía a mí mismo este éxito. Y se lo debía a la banda.

Tomé Librium por una confusa y llorosa semana antes de que me lo quitaran. Para ese entonces ya me había desintoxicado y algo extraordinario había pasado. De pronto me sentía mejor de lo que me había sentido en años. Lleno de energía. Había pasado de querer saltar por la ventana porque estaba deprimido y querer llenar mi cuerpo con sustancias dañinas, a querer saltar por la ventana porque estaba muy feliz. Conforme pude conocer a otras personas en el PTA, me di cuenta que no era la única persona en el mundo que tenía estos problemas. No estaba solo. Estaba rodeado de estas maravillosas personas que habían pasado por lo mismo que yo, que habían tenido las mismas rutinas y secretos.

El plan original era quedarme una semana a desintoxicarme, pero ahora que había visto una pequeña luz al final del túnel, decidí quedarme por los 28 días que duraba el programa. Estuve tres semanas antes de que la prensa descubriera que estaba allí. Inventaron su propia historia. Como nunca me habían visto cayéndome en los bares de borracho, no tenía una reputación de alcohólico. Pero habiendo terminado con Frankie hacía poco, decidieron que me estaba recuperando de un corazón roto. No tuve razón alguna para corregirlos.

A la mitad del mes que estaría en rehabilitación, entré en la fase de recuperación. Había empezado a creer que en verdad podía mejorar. Que realmente podría ser abstemio, al menos por algún tiempo. Una vez al día, nos sentábamos en círculo y discutíamos lo que pasaba por nuestras mentes. Al final me encantó eso. Era una oportunidad de aliviarme por todas las molestas preocupaciones que me comían vivo. Podía decirle a un grupo de personas, que me descubría viendo el contenido alcohólico en mi loción para después del afeitado queriendo beberla. En vez de sentirme como un fenómeno, aprendí que otros habían tenido la misma idea. No sólo eso,  algunos habían visto que había alcohol en el enjuague bucal y lo abrazaban todas las mañanas.

Saldríamos de gira inmediatamente después de que saliera de rehabilitación. Harry me recogió y me llevó a casa. En mi casa, le pedí ayuda a Tom para revisar mis cosas y tirar todo lo que se asociara con mi antigua vida. Antes de estar sobrio, creí que era muy hábil al esconder la evidencia de mis adicciones. Ahora, me daba cuenta de cuán obvios eran mis escondites. Fue difícil tirarlo, deshacerme de todo el alcohol en el lugar. Pero sabía que era el único modo de mantenerme limpio. El único modo en el que podía evitar que mi vida regresara a ser lo que había sido.

Mientras escribo esto, los últimos 18 meses se sienten como los más largos desde que tengo 14 años. ¿Por qué? Porque puedo recordarlo todo. Mi época de sobriedad ha sido la mejor de mi vida. Puedo recordar bien nuestras giras; puedo salir al escenario sintiéndome entusiasta; no despierto en un desastre; experimento la vida del modo en que debería ser vivida.

Pero siempre tengo que recordar esto: no estoy curado. Estoy en recuperación, y lo estaré por todo el tiempo en que me mantenga limpio, y tengo la intención de que sea por el resto de mi vida. Aún hablo con otras personas en recuperación diario, porque ayuda tener contacto con aquellos que aún lidian con las mismas experiencias. Voy a reuniones de Alcohólicos Anónimos – no tan seguido como debería por la agenda de las giras, pero lo suficientemente seguido para mantenerme en el camino correcto. Tengo un consejero, y un padrino que ha pasado por los mismos problemas con la adicción que yo, y ahora lleva casi una década limpio. Estar en recuperación es algo activo y diario para mí. Cada mañana cuando me despierto hago mi meditación, leo mis libros de recuperación, hago mi “inventario personal” – una lista de las cosas que pasaron en las últimas 24 horas y si pude haberlas manejado de mejor modo. Necesito saber que estoy siendo una buena persona, porque si empiezo a actuar como un idiota, podría ser el primer paso que me lleve a dónde estaba antes. Si permito que el auto-odio vuelva a entrar en mi mente, sé que estaré en el principio de nuevo.

La sobriedad no siempre es fácil. Paso por etapas en las que sé que es más posible que recaiga, pero tomo las cosas un día a la vez. Sé que si me establezco la modesta meta de alcanzar el final del día limpio, es más fácil que tenga éxito que si me detengo a imaginar el resto de mi vida sin una cerveza o cualquier otra sustancia que consumía en el pasado.

Y mientras mi ego preferiría que nadie supiera sobre mis problemas, y sería perfectamente feliz si sólo fuera el callado de McFly de nuevo, sé que ser honesto y abierto sobre lo que he pasado me da una mejor oportunidad de mantenerme en recuperación. Porque la verdad, he descubierto, siempre es mejor que las mentiras. Y no puedes ser honesto con otras personas, cuando ni siquiera estás siendo honesto contigo mismo.



1 Del original: “…I had the sufficient cojones…”

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