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Hace nueve años…

A finales de Septiembre, hacia el principio del año escolar, fuimos llamados al salón de usos múltiples al final del día para una energética plática sobre nuestros futuros prospectos y todas las cosas maravillosas que la vida tenía para ofrecernos.

Nuestro director irlandés, el señor Hall, se paró frente a nosotros y nos habló con gran entusiasmo sobre las decisiones que tendríamos que tomar el siguiente año, ‘Los veo a todos ahí sentados hoy y me acuerdo de su primer día en esos asientos cuando les di la bienvenida a Rosefont High,’ bramó, balanceándose sobre sus talones. ‘Estaban tan ansiosos por ser parte de la escuela grande – correr con los chicos mayores. Y ahora estamos aquí. Son los chicos grandes  y están listos para decir adiós en su último año con nosotros. Recorriendo la habitación veo que están tan ansiosos ahora como lo estaban entonces – pero ahora quieren más. Quieren el mundo. Y con justa razón. Las decisiones que tomen en el siguiente año van a ser las más importantes de su vida porque lo que hagan ayudará a darle forma a su futuro,’ continúa, haciendo una larga pausa para acentuar su punto. ‘Así qué mientras empiezan a aplicar a las Universidades, buscando esas pasantías o quizá incluso planeando sus viajes por el mundo, espero que todos entiendan que su futuro  no tiene límites. Tengo grandes esperanzas para ustedes.’

El timbre sonó anunciando el final del día escolar, haciendo que un murmuro intoxicante llenara la habitación mientras las personas empezaron a hablar animadamente sobre sus planes. Mary Lance, que estaba sentada a mi lado como siempre, me codeó y me dio una gran sonrisa. El mundo era nuestro para tomarlo. Que noción tan emocionante. Le sí una sonrisa tímida e hice camino hacia la salida.

De camino a casa, las palabras del señor Hall rebotaron en mi cerebro – ideas incitantes sobre viajes sin sentido por Australia con interminables abrazos de koalas o de irme a la Universidad para estudiar Inglés donde me permitirían sentarme en paz a leer todo el día sin una sola preocupación en el mundo. Toda la noche me sentí impulsada a lo que podría ser mi vida en los siguiente años – cuán diferente sería estar lejos de Rosefont Hill.

Un par de semanas después la realidad de mi vida vino y me golpeó en la cara. Destrozando esas ilusiones y confirmando que, para mí, la vida fuera de Rosefont Hill no existía.

Estaba dormida una noche cuando fui despertada abruptamente por una sacudida. Por un segundo estaba asustada de estar teniendo otro ataque, pero entonces vi el rostro de mamá en la oscuridad y me di cuenta que eran sus manos las que me sacudían tan vigorosamente.

‘Sophie, cariño. ¡Sophie, cariño!’ dijo maniáticamente.

‘¿mamá, qué pasa?’

No dijo nada, pero podía verla mordiéndose los labios mientras empezó a revolver las manos nerviosamente. Lucía tímida y asustada.

‘¿Mamá?’

‘Yo… quería dormir. Quería que todo se detuviera. Sólo quería dormir. Yo…’

‘Está bien mamá. Está bien,’ le dije, tratando de calmarla. ‘¿Qué pasó?’

No podía hablar, estaba alterada. En vez de hacerlo, estiró su temblorosa mano y me mostró el bote vacío de pastillas. Las pastillas que decidió tomar con una botella de whisky.

Obviamente, sabía que mamá no se estaba adaptando – la limpieza constante y cómo agonizaba cuando todo no estaba perfecto, el hecho de que no podía estar fuera de casa cuando oscurecía y los sollozos que aún oía en su habitación con la puerta cerrada, cuando creía que no podía escucharla, eran signos de que no estaba bien. Pero equivocadamente asumí que conforme el tiempo pasara mamá mejoraría. Que de algún modo aprendería a vivir de nuevo. Pensé que algo pasaría dentro de ella que la trajera de vuelta a mí. En vez de eso, sintió el deseo de alejarse del dolor y las pesadillas que llenaban sus sueños y horas despierta.

Si realmente quiso terminar con su vida es un misterio, pero uno en el que no puedo indagar mucho. No quiero saber la respuesta.

Mamá estuvo hospitalizada por cinco semanas y diagnosticada con depresión.

Creo que se alivió que en verdad algo malo le pasara, que había otros como ella, que no era un fenómeno. Obviamente eso no le facilitó la vida, pero le dio tranquilidad.

Para mí fue una llamada de atención. Un recordatorio de en qué se habían convertido nuestras vidas gracias a mí.

Una vez más, los susurros empezaron en la escuela, pero esta vez no me importó. Me había alejado de todos hacía años y había hecho un buen trabajo manteniéndolos a distancia. Tenía muchas razones para alejarlos y, en lo que a mi concernía, para no dejarlos acercarse.

Cualquier pensamiento infantil que había tenido de estar en algún lugar excepto en casa se desvanecieron de la noche a la mañana. Necesitaba concentrarme en cuidar a mamá y no quería hacer nada que le causara más miseria.

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